(por ejemplo, 21 de marzo de 1924, 554, 625).
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l censo de 1910 discriminaba a los “nativos americanos cuyos antepasados vivieron en este país antes de su independencia”. También argumentó a favor de las cuotas de los países del hemisferio occidental ya que estos países “en algunos casos proporcionan migrantes indeseables. Los mexicanos que vienen a los Estados Unidos son mayoritariamente de sangre india, y las pruebas de inteligencia recientes han demostrado que su condición intelectual es muy baja. Ya tenemos demasiados de ellos en nuestros estados del suroeste, y habría que indagar si están aumentando”.[151] A Grant también le preocupaba que los migrantes recientes no se asimilaran. En su carta incluyó un editorial del Chicago Tribune sobre una situación en Hamtramck, Michigan, en el que los migrantes recientes habían demandado un “dominio polaco”, la expulsión de los no polacos y el uso exclusivo de la lengua polaca por parte de funcionarios federales. Grant también argumentó que las diferencias en la tasa de reproducción resultarían en el desplazamiento de los grupos que postergan el matrimonio y tienen menos hijos: un comentario que refleja las diferencias étnicas en lo que se denomina “estrategia de la historia de la vida” (Rushton 1995), indicando claramente la preocupación de que, como resultado de ello, su grupo étnico sería desplazado por los grupos con una mayor tasa de crecimiento natural.
Como reflejo de su preocupación por los migrantes de México, datos recientes indican que las mujeres adolescentes de origen mexicano tienen la más alta tasa de natalidad en los Estados Unidos, y las personas de origen mexicano serán la mayoría del estado de California en 2040. En 1995, las mujeres de 15-19 años de origen mexicano tenían un índice de natalidad de 125 por 1000 en comparación con 39 por 1000 para los blancos no latinos y el 99 por 1000 para los negros no latinoamericanos. La tasa de natalidad general para los tres grupos es de 3.3 para las mujeres latinas, 2.2 para las negras no latinas y 1.8 para las blancas no latinoamericanas (Los Angeles Times, 13 de febrero, 1998, págs. A1, A16). Por otra parte, los activistas latinos tienen una política claramente articulada sobre la “reconquista” de los Estados Unidos a través de la migración y las altas tasas de nacimiento.[152]
El capítulo 2 mostró que Stephen Jay Gould y Leon Kamin han presentado una interpretación muy exagerada e incluso falsa del papel de los debates de coeficiente intelectual en la década de los veinte respecto a la aprobación de leyes restrictivas de inmigración. También es muy fácil exagerar la importancia de las teorías de la superioridad nórdica como un ingrediente del sentimiento popular y restrictivo en el Congreso. Como Singerman (1986, 118-119) señala, el “antisemitismo racial” fue empleado sólo por “un puñado de escritores” y “el ‘problema’ judío era una preocupación menor incluso entre autores ampliamente publicados como el Madison o Lothrop Stoddard, y ninguno de los individuos examinados [en la reseña de Singerman] podría ser considerado como profesional hostigador de judíos o propagandistas a tiempo completo contra éstos, sean nacionales o extranjeros”. Tal como se indica a continuación, los argumentos relacionados con la superioridad nórdica, incluida la supuesta superioridad nórdica intelectual, jugó muy poco papel en los debates del Congreso sobre la inmigración en la década de los años veinte. El argumento común de los restriccionistas era que la política de inmigración debiera reflejar los intereses de todos los grupos étnicos en la actualidad del país.
Incluso hay evidencia de que el argumento de la superioridad nórdica era poco popular con el público: Un miembro de la Liga de Restricción de Inmigración afirmó en 1924 que “el país está un poco harto de rollos de alta superioridad nórdica” (en Samelson 1979, 136).
Sin embargo, es probable que la disminución de las teorías evolutivas y biológicas sobre la raza y la etnicidad haya facilitado el cambio en la política de inmigración provocada por la ley de 1965. Como Higham (1984) señaló durante la victoria final de 1965, la cual eliminó el origen nacional y racial en la política de inmigración y abrió la migración a todos los grupos humanos, la perspectiva de Boas del determinismo cultural y el antibiologismo se habían convertido en un estándar académico de sabiduría aceptada. El resultado fue que “se convirtió en moda intelectual dar por descontado la existencia misma de la persistencia de diferencias étnicas. Toda la reacción privó a los sentimiento populares de una poderosa arma ideológica” (Higham 1984, 58-59).
Los intelectuales judíos participaron prominentemente en el movimiento para erradicar las ideas racistas de Grant y otros (Degler 1991, 200). De hecho, incluso durante los anteriores debates previos a los proyectos de ley de inmigración de 1921 y 1924, los restriccionistas se percibieron a sí mismos bajo el ataque de los intelectuales judíos. En 1918, Prescott F. Hall, secretario de la Liga de Restricción de Inmigración, escribió a Grant, “Lo que yo quería… eran los nombres de algunos antropólogos de nota que se hayan declarado a favor de la desigualdad de las razas… Estoy en contra de los judíos todo el tiempo sobre la igualdad, y pensé que tal vez usted podría ser capaz de ofrecerse para nombrar algunos (además de [Henry Fairfield] Osborn) a quien podría citar como apoyo” (citado en Samelson 1975, 467).
Grant también cree que los judíos estaban involucrados en una campaña para desacreditar la investigación racial. En la introducción a la edición de 1921 de The Passing of the Great Race, Grant se quejó de que:
Es casi imposible publicar en los periódicos estadounidenses una reflexión sobre ciertas religiones o razas debido a histéricas sensibilidades, incluso cuando sólo se les menciona. La idea subyacente parece ser que si es posible suprimir la publicación, los hechos subyacentes desaparecerán. En el extranjero, las condiciones son igualmente malas, y tenemos la autoridad de uno de los antropólogos más eminentes de Francia: que la recopilación de datos y mediciones antropológicas entre los reclutas franceses durante el estallido de la Gran Guerra fue impedido debido a influencia judía, la cual tiene por objeto suprimir cualquier sugerencia sobre diferencias raciales en Francia (págs. xxxii-xxxiii).
Boas fue motivado en gran medida por el tema de la inmigración de principios de siglo. Carl Degler (1991, 74) señala que la correspondencia profesional de Boas “revela que un motivo importante detrás de su famoso proyecto sobre las medidas de la cabeza humana de 1910 fue su gran interés personal en mantener a Estados Unidos diverso en cuanto a población se refiere”. El estudio, cuyas conclusiones fueron colocados en el Registro del Congreso por el diputado Emanuel Celler durante el debate sobre la restricción de la inmigración (Cong. Rec., 8 de abril de 1924, págs. 5915-16), concluyó que las diferencias ambientales derivadas de la migración provocó las diferencias en la forma de la cabeza. (En esos tiempos, la forma de la cabeza como determinada por el “índice cefálico” era la medida principal utilizada por los científicos involucrados en la investigación de las diferencias raciales.) Boas sostuvo que su investigación mostraba que todos los grupos de extranjeros que vivían en favorables circunstancias sociales se habían asimilado a los Estados Unidos en el sentido de que sus medidas físicas convergían con el tipo americano.
A pesar de que era mucho más prudente respecto a sus conclusiones en su informe (véase también Stocking 1968, 178), Boas (1911, 5) indica en su introducción que “todo temor sobre una influencia desfavorable en la inmigración proveniente del sur de Europa debe ser desestimado”. Como una prueba más del compromiso ideológico de Boas sobre el tema de la inmigración, Degler hace el siguiente comentario acerca de las explicaciones ambientalistas de Boas sobre las diferencias mentales entre los niños migrantes y los niños nativos: “Por qué Boas eligió fundamentar una interpretación ad hoc es difícil de entender hasta que uno reconoce su deseo de explicar de una manera favorable el patente atraso mental de los niños migrantes” (pág. 75).
La ideología de la igualdad racial era un arma importante en favor de la apertura de la inmigración a todos los grupos humanos. Por ejemplo, en 1951, durante una declaración al Congreso, el AJCongress declaró: “Los descubrimientos científicos deben obligar incluso a los más perjudicados entre nosotros a aceptar, con la solidez de la ley de la gravedad, que la inteligencia, la moral y el carácter no tienen ninguna relación con la geografía o el lugar de nacimiento”.[153] En la declaración de ese congreso judío luego se citaron algunos de los escritos populares de Boas sobre el tema, así como los escritos de un protegido de Boas, Ashley Montagu: quizá el oponente más visible al concepto de raza en ese tiempo.[154] Montagu, cuyo nombre original era Israel Ehrenberg, teorizó sobre el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial que los seres humanos son por naturaleza cooperativa, pero no agresivos por naturaleza y que existe una fraternidad universal entre ellos (ver Shipman 1994, 159ss). En 1952, otra protegida de Boas, Margaret Mead, declaró ante la Comisión del Presidente sobre Inmigración y Naturalización [PCIN por sus siglas en inglés] (1953, 92) que “los seres humanos de todos los grupos de personas tienen las mismas potencialidades… Nuestra mejor evidencia antropológica hoy día sugiere que la gente de todos los grupos tienen la misma distribución de potencialidades”.
Otro testigo declaró que la junta directiva de la Asociación Antropológica Americana había aprobado por unanimidad la proposición de que “toda evidencia científica indica que todos los pueblos son intrínsecamente capaces de adaptarse a nuestra civilización” (PCIN 1953, 93) (véase el cap. 2 para una discusión sobre el éxito de los esfuerzos políticos de los boasianos en dominar la Asociación Antropológica Americana). En 1965 el senador Jacob Javits (Cong. Rec., 111, 1965, 24469) con aplomo podía anunciar en el Senado durante el debate sobre la ley de inmigración que “tanto los dictados de nuestra conciencia, así como los preceptos de los sociólogos nos dicen que la inmigración, tal como existe en el sistema de cuotas origen nacional, está mal y sin ninguna base en razones o hechos. Nuestra postura es mejor que decir que un hombre es mejor que otro por el color de su piel”.
La revolución intelectual y su traducción a una política pública se había completado.
(2) Las relaciones Iglesia-Estado. Uno de los aspectos de los intereses judíos en el pluralismo cultural en los Estados Unidos ha sido que a éstos les interesa que los Estados Unidos no se perciban a sí mismos como una cultura cristiana homogénea. Ivers (1995, 2) señala que “las organizaciones judías de derechos civiles han tenido un papel histórico en el desarrollo de la posguerra de los Estados Americanos en derecho y en política de la iglesia y el estado”. En este caso, el esfuerzo principal de los judíos comenzó sólo después de la Segunda Guerra Mundial, aunque de hecho se habían opuesto a los vínculos entre el Estado y la religión protestante mucho antes. Por ejemplo, las publicaciones judías fueron unánimes en su oposición a la ley de Tennessee que resultó en el juicio de Scopes en 1925, cuando el darwinismo se enfrentó contra el fundamentalismo religioso (Goldfarb 1984, 43):
No importa si la evolución es o no es cierta. Lo que importa es que hay ciertas fuerzas en este país que insisten en que el gobierno ha de velar que nada se enseñe en este país que arroje dudas sobre la infalibilidad de la Biblia. Allí tiene usted toda la cuestión en pocas palabras. Se trata de un intento antiamericano deliberado de unir a la Iglesia y el Estado… Y vamos aún más lejos al afirmar que se trata de un intento de unir el Estado con la Iglesia Protestante. (Jewish Criterion 66 [10 de julio 1925], la cursiva en el texto)