searche Sexpartylady d Sexpartylady searcho Andre Andre Andre osearch News i Andre cu Andre n Andre aesearchtsearchd Sexpartylady o m Andre News rac Andre sd Sexpartylady asearchjsearchr Sexpartylady r Andre u Andre Sexpartylady t News i News a Andre e News Andre s Sexpartylady a News o Andre Sexpartylady nsearchd Andre s Andre h News nrstsearchedsearch Sexpartylady am Sexpartylady is Sexpartylady n News o Andre rcrs Andre se Andre o Sexpartylady Andre mio da l News s News gsearchr Sexpartylady usearchp Andre o Sexpartylady s Andre Andre searchtnsearchico News ssearch ( News p. Andre e News j Andre . News , Andre Sexpartylady Albaasearch News &ampsearch; Sexpartylady searchMo Sexpartylady o News rsearche Andre search1 News 9search82; Sexpartylady L Sexpartylady e Andre rn News e Sexpartylady r Sexpartylady , Sexpartylady Nsearchagasearchisearch Sexpartylady & News a Sexpartylady m Sexpartylady p Sexpartylady ; searchRosearchth Andre m Andre asearchn Sexpartylady 1 Sexpartylady 996 News ) Andre . searchE Sexpartylady ssearchtos News News estudsearchisearchos Sexpartylady fsearchreacu Andre entesearchm Sexpartylady e Andre nte h News a News n Sexpartylady esearchnfsearchat Sexpartylady iz News a Sexpartylady dsearcho News l Sexpartylady a Sexpartylady sao Andre bareraresearchpresen Andre tacsearchi News ó Andre n de blancos protestantes en las jerarquías corporativas y en lo militar, pero han fallado en tomar en consideración las diferencias grupales. Salter (1998b) provee una evaluación basada en la influencia judía relativa a afroamericanos y euroamericanos gentiles en base al modelo de Blalock (1967, 1989) de poder grupal como una función de recursos multiplicado por la movilización. Resulta que los judíos están mucho más movilizados que las otras dos poblaciones étnicas (aunque uno duda en denominar como “grupo” a los euroamericanos gentiles).

Por ejemplo, mientras que las organizaciones específicamente étnicas dedicadas a los intereses de euroamericanos gentiles son esencialmente grupos políticos marginales, Salter señala que el Comité Público de Asuntos Americanos-Israelíes [AIPAC por sus siglas en inglés] estuvo ranquedo en segundo lugar de los 120 grupos de presión más poderosos según el cálculo de los miembros del Congreso y quienes profesionalmente hacen cabildeo, sin que otra organización étnica estuviera ranqueada en las primeras 25. Lo que es más, AIPAC es uno de los pocos grupos de presión que se sustenta fuertemente en contribuciones de campañas para ganar aliados. Como se indicó anteriormente, los judíos contribuyen entre un tercio y la mitad de todo el dinero de campañas en las elecciones federales, las donaciones motivadas por “Israel y la más amplia agenda judía” (Goldberg 1996, 275). Por lo mismo, los judíos están sobrerrepresentados en las contribuciones de campañas por un factor de cuando menos 13 respecto a su porcentaje en la población, y están sobrerrepresentados por un factor de aproximadamente 6.5 si ajustamos la cifra por sus ingresos, en general más altos.

Las donaciones internacionales judías son aún mayores. Por ejemplo, en los años veinte, antes de la explosión que devino después de la Segunda Guerra Mundial de judíos donando a Israel, los judíos americanos podrían llegar a dar 24 veces más per capita en ayuda a los judíos fuera del país que lo que hacían los irlandeses americanos para ayudar a Irlanda en su lucha de independencia de la Gran Bretaña. Y eso que este fue el período en que la filantropía étnica de los irlandeses llegaba a su cumbre (Carroll 1978).

La disparidad ha llegado a ser mucho mayor desde la Segunda Guerra Mundial. Salter ha adoptado un cálculo preliminar conservador sobre la movilización étnica judía como cuatro veces la de los gentiles, en base a comparaciones per capita de donaciones a causas étnicas no religiosas. En la ecuación de Blalock, la influencia es afectada no sólo por la movilización sino también por los recursos del grupo. Salter calcula que el control judío es aproximadamente el 26 por ciento de los “recursos cibernéticos” de los Estados Unidos, es decir, los recursos medidos por su representación en áreas claves como el gobierno, los medios de comunicación, las finanzas, las universidades, las corporaciones y la industria del entretenimiento.

Este nivel promedio de control de recursos sociales se refleja tanto en áreas de alta representación judía (> 40 por ciento) como los medios, las altas finanzas, los abogados, la elite intelectual y la industria del entretenimiento), como en áreas de baja representación judía (≤ 10 por ciento), como la elite corporativa, los líderes militares y religiosos y los legisladores. El cálculo genérico es comparable al realizado por Lerner y otros (1996, 20), quienes se basaron en información recopilada en los años setenta y ochenta. Lerner y otros llegaron al cálculo de un 23 por ciento de toda la representación judía en las elites americanas. Los resultados son paralelos también a los niveles de sobrerrepresentación judía en otras sociedades, como en la Alemania de inicios del siglo XX, donde los judíos constituían aproximadamente el uno por ciento de la población y controlaban como el 20 por ciento de la economía (Mosse 1987, 1989), además de su influencia en los medios y en la producción de la cultura (Deak 1968, 28; Laqueur 1974, 73).

La sustitución de los valores de estos recursos y la movilización en la ecuación de Blalock conduce a un cálculo de influencia judía sobre políticas étnicas—inmigración, políticas raciales, política exterior—aproximadamente de 3 a 1 respecto a la influencia de los euroamericanos gentiles. Los resultados son altamente robustos en cuanto al peso e importancia de las diferentes fuentes. Sólo una evaluación “neomarxista extremista” de las fuentes (es decir, una que sólo tome en cuenta la elite corporativa, la rama legislativa del gobierno, la elite militar y los ingresos grupales en total) colocaría a la influencia judía a la par de la gentil en euroamericanos.

Como se señaló anteriormente, existe un amplio consenso judío sobre Israel y la asistencia social de la judería extranjera; inmigración y política de refugiados; separación estado-iglesia, derecho al aborto y libertades civiles. Esto significa que la influencia judía y los intereses judíos dominan estas cuestiones: algo muy compatible con lo que dijimos sobre la influencia judía en la política migratoria en el capítulo 7, así como el hecho de que todas estas áreas hayan repercutido enormemente en la política pública de acuerdo con los intereses judíos. Esto también coincide con el surgimiento de la influencia judía en los Estados Unidos. Salter calcula que la movilización judía podría conceptualizarse como varias veces mayor que la de euroamericanos gentiles, como se ilustra en la historia del papel judío en la política migratoria.

Todas las organizaciones de judíos estuvieron intensamente involucradas en la batalla sobre la restricción de la inmigración por un período que duró todo un siglo, a pesar de lo que, originalmente, les debió haber parecido estruendosos fracasos. Tal esfuerzo continúa en nuestra época. Como dijimos en el capítulo 7, la oposición a la inmigración masiva de todos los principales grupos raciales y étnicos europeos, así como la relativa apatía de otros grupos—incluso los italo- y polaco-americanos que pudieran haber apoyado la migración de su gente—fueron características prominentes en la historia de la política migratoria.

Sin duda, este “surgimiento de los judíos”, por usar la frase de Albert Lindemann (1997), ha tenido importantes efectos en las sociedades occidentales contemporáneas. Un tema central del capítulo anterior es que un alto nivel de inmigración a Occidente va de la mano con el interés judío en desarrollar sociedades no homogéneas; sociedades cultural y étnicamente plurales. Es de interés considerar las posibles consecuencias de semejante política a largo plazo. En años recientes ha habido, cada vez más, un mayor rechazo entre los intelectuales y los activistas de minorías étnicas a la idea de una sociedad basada en un “crisol de razas” en base a la asimilación de grupos étnicos (véase, por ejemplo, Schlesinger 1992).

Las diferencias culturales y étnicas son enfatizadas en estos escritos, y la asimilación y la homogenización étnicas son vistas en términos negativos. El tono de estos escritos es reminiscente de las posturas de los intelectuales judíos de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, quienes rechazaban los efectos asimilacionistas del judaísmo reformado a favor del sionismo, o de un retorno a formas culturales más extremas de separatismo, como el judaísmo conservador u ortodoxo.

El movimiento hacia el separatismo étnico es de considerable interés desde el punto de vista evolutivo. Tanto la competencia entre grupos como monitorear a los grupos externos ha sido una característica de las interacciones judío-gentiles no sólo en Occidente sino en las sociedades musulmanas, y hay demasiados casos en otras partes del mundo de competencia y conflicto entre grupos como para mencionarlos. Históricamente, el separatismo étnico visto desde la perspectiva de la historia del judaísmo ha sido una fuerza divisoria dentro de las sociedades. En varias ocasiones ha desatado enormes odios y desconfianza dentro de la sociedad: guerras étnicas, expulsiones, pogromos e intentos de genocidio. Lo que es más, hay poca razón para suponer que el futuro será diferente. En nuestros tiempos hay conflictos étnicos en todo continente, y es claro que el establecimiento de Israel no ha terminado el conflicto étnico de los judíos que regresan de la diáspora.

Por cierto, mi crítica sobre las investigaciones del contacto entre grupos más o menos impermeables en sociedades históricas fuertemente sugiere una regla general: que la competencia y el monitoreo entre grupos internos y externos es la norma. Estos resultados son altamente consistentes con la investigación psicológica de los procesos sobre la identidad social estudiados en SAID (cap. 1).

Desde una perspectiva evolucionista, estos resultados confirman la expectativa de que el propio interés étnico es ciertamente importante en los asuntos humanos y que, naturalmente, lo étnico es una fuente común de identidad grupal en el mundo contemporáneo. La gente parece estar consciente de la membresía grupal y tiene una tendencia general a devaluar y competir con grupos ajenos. Los individuos están, a la vez, bien conscientes de su relativa estancia grupal en términos de control de recursos y éxito reproductivo. También están dispuestos a tomar medidas extraordinarias para lograr y retener poder económico y político en defensa de estos imperativos del grupo.

Dada la suposición del separatismo étnico es instructivo pensar sobre circunstancias que, desde la perspectiva evolucionista, minimizan conflictos entre grupos. Teóricos del pluralismo cultural como Horace Kallen (1924) imaginan un mundo donde los diferentes grupos étnicos mantienen su identidad distintiva en un contexto de entera igualdad política y oportunidad económica. Desde una perspectiva evolucionista (o incluso desde el sentido común), la dificultad con este escenario es que no se explica qué resultaría de la competencia por los recursos y del éxito reproductivo en la sociedad. Por cierto, los resultados de los conflictos étnicos eran aparentes en tiempos de Kallen, aunque “Kallen apartó la mirada del conflicto que giraba a su alrededor, a fin de idear un ideal donde la diversidad y la armonía coexistieran” (Higham 1984, 209).

En las mejores circunstancias uno podría imaginar que grupos étnicos separados se involucrarían en una absoluta reciprocidad uno con el otro, de manera que no habría diferencias en términos de explotación económica de un grupo sobre el otro.

Lo que es más, no habría diferencias o ninguna medida de éxito en la sociedad, incluyendo membresía a clases sociales, roles económicos (p. ej., productor versus consumidor; acreedor versus deudor; jefe versus obrero) o fertilidad entre los grupos étnicos separados. Todos los grupos tendrían aproximadamente los mismos números e igual poder político; o si hubiera suficientes números, existirían suministros para asegurar que las minorías retendrían la misma proporción equitativa en términos de los marcadores sociales y del éxito reproductivo. Tales condiciones minimizarían la hostilidad entre los grupos porque atribuir el propio estatus a las acciones de otros grupos sería difícil.